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[Hagiografia] Apóstol Santa Calandra

 
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lmgandul



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MessagePosté le: Mar Aoû 10, 2010 10:58 pm    Sujet du message: [Hagiografia] Apóstol Santa Calandra Répondre en citant

Citation:
    Hagiografía de la Apóstol Santa Calandra

    Su vida antes de Christos


    Se dice que su juventud en una familia pobre y hambrienta tuvo un efecto importante sobre la vida de Calandra. Puede ser que aprendió a ser humilde y piadosa por su familia o según las circunstancias, o puede ser el señor Dios le dio estas cualidades. Sin preocuparse del origen de sus cualidades, los orígenes de sus enseñanzas en las cosas espirituales pueden ser encontrados mirando hacia atrás hasta tender a su infancia.

    Se consagró en el templo de Aristóteles para su aprendizaje en las materias del espíritu, porque era una de las vías raras para salir de la pobreza en aquel tiempo. Se enteró de sacerdotes de este templo y les sirvió durante un tiempo, siempre saciándose de la menor gota del saber como un traje seco absorbe el agua. Sin embargo, ser una adepta al aprendizaje no le hizo popular entre sus compañeros estudiantes y hasta entre ciertos sacerdotes.

    En su decimosexto año, el sacerdote rector del templo le dice que es requerida en otro lugar, a causa de su saber y de su pasión para él. Se le da algunos pedazos de comida para alimentarse durante el viaje, y se le da una dirección hacia una ciudad en el desierto. En seguida y con toda confianza se lanza a este viaje, sin jamás sospechar las malas intenciones de ellos.
    Se rindió en el desierto, conservando su alimento y su agua porque ella era de origen modesto, pero aun así se secaron antes de que alcanzase la ciudad que no aparecía.

    Aunque durante numerosos días erró siempre la dirección que le había señalado el sacerdote rector del templo, su fe jamás vaciló. Fue el cuadragésimo día, mucho tiempo después del fin de su alimento y de numerosos días después de que las últimas gotas de su agua hubieran sido bebidas, cuando vio una ciudad en el horizonte.

    Cuando llegó, no fue de su hambre o de su sed que se ocupó, sino que buscó inmediatamente al sacerdote del pueblo. Cuando le encontró, le dijo que jamás había requerido, informado, ni que debía llegar, pero la venganza y la cólera estaban lejos de su espíritu, porque sabía que era Dios quien la había enviado, a través de los celos de los sacerdotes del templo. Fue allá dónde sirvió durante numerosos años hasta que sea llevada por un grupo fieles que procuraban educar a los paganos del país.

    Su vida con Christos

    Fue su capacidad de hacer que el animal se acercarse a él, la que maravilló en primer lugar a Calandra, su capacidad de dispersar a una muchedumbre hostil con sus palabras y su negativa de la violencia que le confió su respeto. Fue el día en que ella y nueve otros consagraron sus vidas como sus apóstoles. Entre un gran número, comenzó a seguir a Christos.

    De ciudad en ciudad viajaron, difundiendo la sabiduría de Aristóteles, compartiendo la pasión y la fe de Christos, y bañaron al pueblo en la gloria y el amor de Dios Todopoderoso. Calandra tenía facilidad especialmente para la lectura de las doctrinas y para interpretarlos, a templarlos si usted prefiere, con las palabras de Christos. Fue conocida por ser capaz de leer las palabras de la ley y de saber el espíritu y el modo de aplicarlos.

    Los numerosos milagros que se efectuaron delante de sus ojos inspiraron siempre a Calandra a hablar siempre más y más apasionadamente. Los actos de Christos: la curación de los enfermos, la curación de los paralizados, y hasta devolverles la vista a los que jamás la habían tenido, hicieron la propagación más fácil en sus palabras. El Amor y la Verdad fueron llevados a un gran número de esa manera.

    Fue con la tropa a Jerusalén, una gran ciudad, con numerosos habitantes, muchos pecados y vagabundos. Y de numerosos edificios magníficos. Fue la confrontación en el lugar que transformó no sólo su propia vida, sino que también la vida de tantas otras, y más todavía las consecuencias. Pudo sólo quedar levantada mirando al Centurión cuyos pecados fueron lavados como tantos otros, y las palabras de Christos habían probado su veracidad y el asombro la acoge.

    Hasta la tarde que Daju les dejó y modificó su fe de que Christos era el mesías, Calandra encontraba en las palabras sobre la castidad inspiradoras porque la había practicado. El discurso sobre la organización continuó en la tarde por la noche, y Calandra siempre lo memorizaba para el conocimiento, y su poder de memoria viva era el don de Dios. La cena que siguió, con la tristeza de Christos, le llevó también a la tristeza, porque sus sentimientos eran a menudo de acuerdo con los de Christos, su mentor y maestro.

    Todo lo que pasó luego sobrevino demasiado rápido para que pueda percibir los acontecimientos: la captura, el juicio, y la condena todo concurrirá a desesperarla en acontecimientos. Cuando la crucifixión se efectuó, Calandra lloró por primera vez desde hace años, no solamente por la muerte de Christos, también por la pérdida que la humanidad acababa de sufrir, porque no estaría más allí para decir la Verdad.

    Los Ángeles que descendieron del cielo pararon todo en el mundo, y para Calandra, los vientos y la lluvia cesaron en este momento, los gritos y aclamación del pueblo estuvieron perdidos en la música de los cielos. Este día no era un fin sino un comienzo, y la misma noche Calandra y otros apóstoles se comprometieron a enseñar la Verdad y a bautizar a numerosos fieles.

    Su vida después de Christos

    Calandra dejó otras ciudades después de Jerusalén, buscando el consuelo en la soledad, y recobrar la vida continuando su enseñanza. Su memoria le ayudó muchísimo porque podía hablar de acontecimientos de su tiempo a los seguidores de Christos como si fueran de ahora. Viajó a través de numerosos países, de numerosas ciudades y pueblos, siempre que difundía la palabra, bautizaban a los fieles y conversos, y encontraban entre ellos los más sabios, piadosos y humildes, ordenándolos sacerdotes de su comunidad.

    Sus viajes la devolvieron una vez Jerusalén, una ciudad maldita en su espíritu, pero su camino no fue trazado por su voluntad, así que lo siguió. Sobre el camino encontró a una persona que sería su compañera por numerosos años, Publia, más tarde bautizada como Bertilde. Esto fue en Jerusalén dónde recordó la ley de los romanos y la naturaleza cruel y humana, pero su fe jamás vaciló.

    Pasó numerosos años sobre el camino a través de los países, continuando su deber, tal como mostró Christos esa noche terrible. Se hizo numerosos amigos, ordenó a numerosos sacerdotes, y tuvo la alegría de ver crecer la fe entre los pueblos de numerosos países. Encontró por fin una ciudad donde ella basó sus viajes, y se instaló aquí, adquiriendo una propiedad que había sido usada por creyentes.

    Durante numerosos años de su viaje, jamás había estado en Roma, pero tuvo la alegría de enterarse de la ascensión de Titus a título de Papa. Pero un día vino una carta, llamándola allí debido a los trabajos de su compañera Bertilde, y a pesar de su edad y su enfermedad las dos se prepararon para lo que sería su último viaje juntas.

    A la muerte de Bertilde en una ciudad en el sur de Roma en Italia, Calandra sintió por primera vez su fe vacilar, pero esta fe fue rápidamente restaurada y su fin devuelto como cuando el rosal crece sobre la tumba en una noche. Continuó hasta Roma, y presentó su proyecto en la cámara, luego se fue ya que no tenía nada que hacer en la formación de una Orden. En el camino de regreso, podía sólo esperar que hubiera hablado justamente y que Jah crearía lo que crearía.
    Una carta llegó después de que el consejo no hubiera tomado ninguna decisión, sin conocerse con certeza el contenido de esta carta, pero aseguraba la formación oficial de una guardia episcopal con el fin de seguir los ideales de la Santa mártir Kyrene y las enseñanzas de Bertilde. Calandra supo que la memoria de su amiga fue honrada.

    Su fin en la vida terrestre

    Mientras que la edad ya se había profundizado en Calandra, su cuerpo comenzó a fallar, pero jamás su espíritu. Mientras que una enfermedad atacó a sus huesos, haciéndolos frágiles y quebradizos, continuó sus enseñanzas y a servir de guía, aunque encamada. Los papeles fueron invertidos, sus viajes acabados, otros buscaron el saber y la sabiduría, y algunos creyentes siguieron cerca de Calandra en su casa.

    Fue en este tiempo que Calandra comenzó a escribir sus trabajos diversos, ideas y memorias, con el fin de que numerosas personas puedan conocerlos después de su muerte. Tan inteligente y sabia como era, sabía también que las ideas jamás dejaban de formarse, y que una idea podía nacer a menudo de otra. Así lo que fue conocido de memoria por la memoria, fue transmitido sobre pergamino y piel animal.

    El día de su muerte se presentó como todos los demás, el sol se levantó, el viento sopló, ningún efecto espectacular del tiempo o milagro marcó su fin. Fue su servidor, quien había comenzado a trabajar para ella, ocuparse de sus campos y hacer su alimento, que la encontró preparando su desayuno. La papilla de cereal fue dejada a la cabecera de su cama mientras que el hombre buscaba signos de vida, pero en vano porque no había, su soplo había acabado, como su corazón, y había atravesado el velo y residía en los cielos.
    Sus funerales fueron un asunto simple, un simple entierro en su jardín, todas las personas de la ciudad que prestaron asistencia, así como todos los que habían venido para buscar su sabiduría y su saber. No fue llorada, sino su vida fue más bien celebrada, las memorias sobre ella compartidas y su casa tratada con respeto más grande. Sus escritos reunidos por algunos de sus estudiantes más asiduos fueron escoltados en Roma dónde residen todavía hoy día.

    Reliquias

    Los restos de Calandra han estado perdidos en el curso de los siglos. Varios documentos quedan que llevan su nombre.

    Asociaciones

    Mayores: profesores y estudiantes, viajeros
    Menores: misioneros



Traducción por Silencioso

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Ignius



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MessagePosté le: Ven Nov 23, 2012 8:20 pm    Sujet du message: Répondre en citant

Citation:


El mito de la Santa y Noble Orden de la Rosa Sagrada: Los orígenes

Prólogo

La historia comienza después de la muerte y ascensión de Christos, por tanto narra el retiro de los apóstoles de Jerusalén hacia un lugar secreto para discutir el futuro de la Iglesia, sobre lo que vieron y también sobre qué acciones deberían llevarse a cabo. La mayoría de ellos se habían dispersado, algunos se habían ido en parejas y la mayoría solos, todos decididos a difundir la palabra de Aristóteles con su nueva interpretación, pero también la palabra de Christos.

Esta es la historia de una parte de uno de estos viajes, el de Calandra y su compañera Bertilde.


Capítulo Primero: un encuentro fortuito

Los sermones de Calandra a favor de Iglesia Aristotélica la llevaron de vuelta a Jerusalén. Con sus heridas psicológicas siempre vivas y sus recuerdos de la muerte de Christos siempre frescos, Calandra estaba a punto obedecer a su lógica, que la mandaba alejarse y abandonar la ciudad. Pero se dio cuenta de que su lógica sólo podía estar equivocada y cruzó las puertas de la ciudad con la esperanza de no ser reconocida y perseguida.

En el camino, en algún lugar de las puertas de la ciudad, se encontró con una anciana que barría bajo de un árbol. Con compasión Calandra se acercó a la necesitada. Entonces vio que la piel de aquella mujer había sufrido abusos, se veían contusiones y abrasiones. Toda su pasión se diluyó al ver a la pobre mujer y sin preguntar se arrodilló y la besó, tomándola en sus brazos. La pobre víctima, se lo permitió sin oponer resistencia.

Cuando el dolor que Calandra sintió por la pobre mujer se desvaneció, se sintió lo suficientemente fuerte como para liberarla y así lo hizo. Calandra la miró de pies a cabeza. Era una mujer robusta y estaba claro que se había resistido al principio a sus atacantes. Calandra se fijó en su rostro. Aparte de un poco de suciedad y manchas negras en los dientes vio la confianza y la pasión.


- Dime, hija mía, ¿cuál es tu nombre?
Preguntó Calandra.

La respuesta fue inmediata:

- Mi nombre es Publia Julia Velina y le doy las gracias, madre, por haberme tomado en sus brazos.

- Dime, hija mía, ¿quien te ha hecho tal cosa? ¿Por qué estás aquí trabajando la tierra vestida solo con unos cuantos harapos? ¿Cómo puedo ayudarte?


Calandra se sentó junto a la mujer y la tomó en sus brazos para consolarla.

Publia se volvió a Calandra y la miró a los ojos:

- Me dijeron que yo no era bienvenida a causa de algo que pasaba en la ciudad... que no me querían, así que me golpearon, me empujaron fuera contra mi voluntad. Lo que llevo lo he tenido que buscar en el basurero de Jerusalén. La gente no es muy generosa desde los últimos acontecimientos. Madre, tengo todo lo que usted pueda darme, no puede ayudarme más...

Calandra apretó mucho más a la joven:

- Te adoptaré como hija mía, volveremos juntas a Jerusalén y encontraremos allí un hogar.

Esa misma noche las dos mujeres entraron en la ciudad y encontraron en las afueras un techo bajo el que dormir.

Capítulo Segundo: La estancia en Jerusalén

Así pasaron dos días en Jerusalén. Tan pronto como las heridas de Publia se curaron, se puso una ropa modesta y se armó con un palo labrado que le serviría como bastón y lo llevaba cuando hacía sus tareas diarias y algunas compras. Calandra sentía miedo cada vez que el bastón se doblaba, aunque Publia caminaba sin esfuerzo, pero se abstuvo de hacer algunos comentarios inapropiados.

Cada día recorrían la ciudad e iban siempre a lugares nuevos. Calandra aprovechaba estos paseos para explicar a todos la fe aristotélica, especialmente a Publia, que acabó por tener fe en Aristóteles y Christos, aunque Publia siempre tuvo buen cuidado de mantenerse alerta. A medida que Publia se acercaba al camino de la virtud su amistad con Calandra se volvía más grande.


Un día, por la tarde, las mujeres recibieron algo de comida, pan, maíz y nada más, pero que las satisfacía plenamente. Cuando iban recorriendo las calles que les permitían explorar la ciudad con mayor rapidez, Calandra le preguntó:

- Publia, eres creyente en la Santa Iglesia, ¿por qué no dejas que te bautice como lo he hecho con tantos otros antes de ti?

- ¿No podré acompañarte más si no me bautizas?


Respondió Publia.

- No, claro que no, eres también mi amiga, yo no sería lo mismo sin ti.

Respondió Calandra.

- ¿Puedo vivir según los preceptos de Aristóteles y viajar contigo si me niego a recibir el bautismo?

Calandra, bendecida con sabiduría y pasión, respondió:

- ¿Pero por qué has de negarte? El bautismo es el siguiente paso en la seguridad de la fe en Aristóteles y Christos te permite alcanzar el paraíso solar a tu muerte. Te conozco muy bien, sé que negarte a recibir el bautismo sería mentirte a ti misma.

- El camino de la virtud, la fe en el Altísimo, sus profetas, Aristóteles y Christos, es un camino personal hasta el punto en el cual se entra en la gran familia aristotélica y se descubre la amistad. Todavía no estoy lista para dar ese paso. Te aseguro que no me miento a mí misma, solo quiero estar segura de tomar la decisión correcta.


Dijo Publia con emoción y sabiduría.
Regresaron entonces a la posada donde prepararon su comida. Comieron sólo el mínimo y guardaron el resto para mañana. Esperaron hasta que el sol se ocultara, tratando de adivinar sus pensamientos y cuando la oscuridad envolvía la ciudad, se quedaron dormidas.


Capítulo Tercero: De la tormenta y los rayos

Llegó un día que comenzó como cualquier otro... los pájaros cantaban, un viento lento y perezoso soplaba del oeste y el sol que entraba en la habitación se disponía a darles la bienvenida a un nuevo día. Se levantaron como de costumbre, se vistieron, comieron harina de maíz mezclada con agua, Calandra preparó sus cursos y Publia su bastón pastoral. Todo parecía normal en casa, pero cambiaría en breve.

Salieron a las calles de Jerusalén, esta vez atravesaron una pequeña plaza y fueron invitadas por los comerciantes locales a predicar, mientras la gente hacía las compras de alimentos cotidianas. Al cruzar la plaza, muchas cosas se escaparon de los ojos de Calandra, pero no a los ojos a Publia. No había mucha gente, las personas que estaban allí parecían nerviosas y preparadas para levantarse en un santiamén. En defensa de Calandra diré que ella pertenecía al mundo espiritual, por lo que no se dio cuenta de nada y empezó a predicar.

Publia estaba inquieta, pero no lo demostró para evitar molestias a su amiga y compañera. Se llevó las manos a su bastón para estar preparada ante cualquier evento que pudiera suceder. Calandra comenzó a discutir las ideas del Ser Santo es Todopoderoso, mientras que Publia observaba a la multitud.

Fue entonces cuando un grupo de soldados romanos entró en el mercado y se acercó a Calandra, muchos mantuvieron sus manos a los lados o cruzaron sus brazos sobre el pecho, pero un centurión se acercó con las manos sobre la espada. El día estaba nublado y el viento empezó a soplar con más fuerza, pero el sol todavía todavía brillaba lo suficiente como para iluminar toda la armadura del romano y sus ojos. Rápidamente miró a su alrededor pero no podía ver a Publia por ninguna parte, de hecho muchas personas de la ciudad habían desaparecido para evitar una confrontación.

El jefe Romano habló con una voz maliciosa y despectiva:


- Vos ya habéis sido expulsada de este lugar una vez, no sois bienvenida. Sois una rebelde contra el Imperio, estáis aquí para confundir al pueblo. Os han dejado sola para que salgais por vuestra propia voluntad, pero ya es demasiado tarde, seréis castigada para limpiar vuestros crímenes.

Calandra se quedó en silencio. Después de los acontecimientos sucedidos tras la muerte de Christos estaba segura de que el espíritu y la voluntad del pueblo habían cambiado. Parecía que no era el caso, aunque nunca había sentido su presencia como inoportuna. Quizás ella conocía a la gente menos de lo que esperaba. Incapaz de encontrar una salida a la situación y aparentemente abandonada se preparó para lo peor y extendió sus manos al Centurion para que las atara.

Entonces cayó el primer relámpago que marcó la llegada de la lluvia y al mismo tiempo el bastonazo de Publia sobre el brazo del jefe romano con el cual agarraba a Calandra. Otro golpe rápido en un lado del casco hizo caer al hombre de rodillas y perder el conocimiento. Algunos de sus soldados corrieron para recogerlo y muchos llevaron sus brazos al arma.

Publia habló con una intensidad desconocida para Calandra:


- ¡Cesad y desistid ahora! ¡Coged a vuestro jefe y retiraos a vuestros puestos y anunciad que no habeis podido encontrarnos. Nos permitiréis volver a nuestra habitación, a nuestro negocio y dejar la ciudad sin preocuparnos!

Calandra pensó que su compañera había hablado con voz de lider. Llegó a la conclusión de que sabía menos sobre ella y que debería aprender más, si sobrevivía al encuentro. Miró el rostro de Publia y pudo distinguir la determinación y desconfianza a partir de ese día, y las cosas comenzaron a aclararse.

Los romanos parecían tener un aspecto familiar en sus rostros, como si hubieran reconocido al jefe de sus atacantes. Levantaron al hombre sobre sus hombros, quitaron las manos de sus fundas y se alejaron lentamente de las dos mujeres. Acercándose a la salida de la plaza giraron y se fueron.


- Madre, debes confiar en mí, debemos irnos. Responderé a todas tus preguntas más tarde, pero ahora debemos movernos con rapidez,
la voz de Publia era más dulce ahora.

Con confianza y entusiasmo Calandra siguió a su amiga hacia la posada, donde arreglaron sus cosas y abandonaron la ciudad inmediatamente. Se fueron sin mirar atrás, sin disminuir la velocidad y sin dudarlo. Varias noches y varios días pasaron antes que Publia les permitiera parar, descansar y hablar de nuevo.

Capítulo Cuarto: la Verdad, el Bautismo y las Fundaciones

Se sentaron alrededor de una hoguera con las piernas cruzadas cómodamente bajo la sombra de un bosque de árboles al lado del camino. Comieron los restos de pan y el maíz que habían conseguido en Jerusalén. Juntas se sentaron, pero después de los recientes acontecimientos, ambas se sentían solas.

- Debemos establecernos pronto en una ciudad y reabastecernos de alimentos,
dijo Calandra, evitando el tema que flotaba sobre su espíritu.

- Pregunta, ¿qué es lo que necesitas saber?, Respondió deliberadamente Publia.

Calandra dejó que los pensamientos de su mente brotaran de su boca,

- ¿Por qué me has engañado durante tanto tiempo? ¿Quién eres? ¿Cuáles son tus intenciones?

- Madre, sabes que jamás te mentí, todo lo que hice tenía su razón, incluido el silencio sobre ciertos elementos de mi pasado. Lamento que te sientas herida por esto pero hice lo que creía que debía hacer. Soy Publia Iulia Velina, antiguo Centurión del grupo al cual hicimos frente en Jerusalén, el hombre que apareció allí fue quien manchó mi honor, mi orgullo y mi virtud. Mis intenciones siguen siendo las mismas, seguir contigo, Madre y protegerte siempre y cuando pueda hacerlo.


Calandra se vio obligada a hacer una pausa, la comida se convertía en cenizas en su boca, pero ahora sabía cuál era la razón por la cual estaba en aquella ciudad. No sólo era una prueba de su valentía y compromiso, sino que había sido enviada para acoger y salvar a aquella joven mujer también. La voluntad de Jah había tomado forma a través de caminos misteriosos.

- Lo siento si te herido por mis acciones y pensamientos Publia, no hay necesidad de estar triste. Soy yo quien debería pedir disculpas, ¿en qué puedo ayudarte?

- Madre... Bautízame.


Y así fue como Publia la romana fue bautizada por Calandra y recibió el nombre aristotélico de Bertilde, que significa “La joven guerrera brillante”. Fue recibida en la creciente amistad de la Iglesia y se comprometió a servir a Calandra. Las dos realizaron la ceremonia en completa soledad con Dios como testigo:

- Como no soy capaz de llevar un arma lo harás tú, estarás a mi lado para protegerme de los males que emanan del corazón de los hombres, dijo Calandra,también nos guiarás en el viaje y en el espíritu entonces podremos alcanzar nuestros objetivos para con el mundo y para con el espíritu.

El lazo entre los predicadores y los guerreros de la iglesia tomó forma y quedó unido.

Capítulo Quinto: Los años de servicio

Las dos mujeres sirvieron a la iglesia durante muchos años siempre juntas. Calandra difundía el verbo de la verdad divina cerca de los pueblos de muchas naciones, mientras que Bertilde permaneció a su lado, siempre vigilante, siempre apasionada en la defensa del clero. Con el tiempo, la historia de ambas mujeres atravesaba todas las fronteras y se escuchaba en todas partes, incluso entre los ateos y los miembros de los cultos paganos. Estas personas comenzaron entonces a seguir su ejemplo y se hicieron acompañar, en su mayoría, por ex-soldados romanos.

Bertilde fue reconocida como la precursora de la idea de que un soldado ha de estar al servicio del Altísimo sin cuestionar nada. En una carta dirigida a sus compañeros y antiguos guardianes los invitó a convertirse en verdaderos guardianes de la fe. También les explicó las grandes virtudes del guerrero, la necesidad de prestar ese servicio y que el verdadero camino se puede encontrar siguiendo a un miembro del clero. Nadie la contradecía en sus enseñanzas porque siempre eran verdaderas y puras.


Ambas amigas jamás estaban lejos la una de la otra, Calandra respetaba las normas establecidas por Christos y Bertilde, aunque no estaba obligada, lo hacía en honor de su cargo. Pasaron los años y su juventud pero la soledad nunca se apropió de sus corazones y, aunque muchos hombres se acercaban para casarse con ella, Bertilde jamás accedió. La amistad puede lograrse por otros medios además del matrimonio y el amor se puede expresar de otro modo más allá de la carne.

Por último, el Apóstol Titus fue nombrado jefe de la Iglesia y se trasladó Roma. Fue ordenado Papa y la iglesia prosperó. Jamás había tomado a un guerrero como compañero, pero intrigado por la idea le envió una carta a todos los que lo habían hecho para que fuesen a Roma a reunirse y discutir el establecimiento de una doctrina oficial para la creación de dicha orden en la Iglesia.

Calandra y Bertilde recibieron el mensaje y se prepararon para el viaje. Recibieron generosas donaciones de alimentos de la gente y prometieron volver. Un noble local incluso les prestó los caballos como muestra de reconocimiento a su empresa. Y así la pareja partió en el que sería su último viaje juntas.


Capítulo sexto: El último viaje

Antes de hacer los preparativos e incluso antes de hablar del viaje a Roma, Calandra sabía que Bertilde se encontraba mal. A pesar de sus noticias quitando hierro al asunto Bertilde insistía en la necesidad de realizar aquel viaje, ya que era la voluntad del Papa y de Jah. Calandra se tragó su resentimiento y ayudó a su amiga y a sus compañeros en todo lo que pudo.

Durante el viaje su estado empeoró, padecía fiebre y tos, su rostro palideció y su cuerpo se volvió frío al tacto. Sin embargo, ella se negó a detenerse y buscar algún tipo de ayuda, su fe era tan fuerte que si ella creía que era su hora iba a ser llamada al lado de Jah de todos modos. Sorprendida, a pesar de los milagros que habían visto, Calandra no podía creer que tuviese tanta firmeza y determinación.

Se fueron a la costa donde compraron un pasaje para un barco con destino a una ciudad de la península, cerca de Roma. La brisa parecía mejorar la condición física y el estado de ánimo de Bertilde. De nuevo pareía viva y llena de espíritu mientras conversaba con Calandra y la tripulación del buque, así que la inquietud se borró rápidamente de la mente de los demás. Su piel volvió a su color normal y pasó varios días en la cubierta, expuesta al viento, al sol y a la espuma.

Pasaron muchas noches y días y finalmente avistaron la costa salpicada de viviendas del Imperio Romano. Las sonrisas abundaban mientras la tripulación preparaba su regreso a tierra firme. Aquellos que no lo habían sido en el pasado se convirtieron en fieles aristotélicos gracias a Calandra y a sus enseñanzas y no veían la hora de difundir la palabra por ellos mismos. El barco entró al puerto, las compañeras dejaron a sus nuevos amigos y comenzaron su viaje a Roma.

A medida que el viaje continuaba, la condición física de Bertilde empeoró de nuevo, a esta se sumo a la preocupación de Calandra y la hora de llegada. Llegó un punto en el cual la pareja no podía viajar más, se mantuvieron a cierta distancia de Roma en un pequeño pueblo cercano. Buscaron refugio en una vivienda local y Calandra se ocupó de Bertilde durante varios días.


- Calandra... me temo que mi servicio a tu lado ha llegado a su fin, susurró Bertilde una noche.

- No hables así amiga mía, es temporal, te recuperarás de nuevo y continuaremos juntas hacia Roma.

- No, Madre, eso no sucederá. Descansaré esta noche y mañana no podré saludar al nuevo día
, continuó Bertilde.

Calandra comenzó a llorar, incrédula, pero sabiendo que no podía saber lo que el nuevo día traería,

- No, tú estarás aquí y además continuaremos el viaje. Descansa y así recobrarás las fuerzas. Yo estaré aquí a tu lado.

Bajó los ojos hacia su compañera enferma pero ella ya estaba dormida. Lo verificó para estar segura, pero era el sueño y no la muerte, podía sentir el aliento de su amiga en la mejilla. Relajada ella también puso su cabeza sobre el pecho de Bertilde y se durmió también.

Por la mañana, Calandra estaba destrozada, porque Bertilde había abandonado este mundo. Su cuerpo se mostraba apacible y gracil en el descanso eterno, pero las lágrimas seguían fluyendo de los ojos de Calandra. Triste pero decidida pidió ayuda para enterrar a Bertilde, como lo merecía.

El lugar elegido estaba sobre una pequeña colina cubierta de hierbas dulces, frescas y verdes. Fue colocada dentro de una tumba cavada rápidamente y en silencio por los lugareños y Calandra estuvo presente para otorgarle el derecho a un funeral a su difunta amiga. Y la tierra fue colocada sobre ella para proteger su cuerpo.

Esta noche Calandra se despertó intermitente durante varias horas antes de dormirse. Al día siguiente se despertó con los gritos de los habitantes del pueblo e incapaz de entender lo que ocurría se vistió rápidamente y salió corriendo. En la colina sobre la que Bertilde fue enterrada el día anterior creció un hermoso rosal sobre la tierra de la tumba. Estaba completamente desarrollado y hermoso y parecía imposible que aquello hubiese sucedido salvo que se hubiese producido un milagro, pensó Calandra.


- Mirad allí la pureza de su corazón, su alma y su cuerpo provocaron la fertilidad de la tierra. Conoced este lugar, proteged este lugar, pero no lo ocultéis, estad orgullosos de que vuestra ciudad fue elegida para un milagro, dijo ella a la gente.

De inmediato regresó al lugar donde se había quedado, recogió todas sus pertenencias y comenzó su viaje a Roma de nuevo. Ya que había comenzado el día anterior con un duelo, aquel empezaría celebrando que el círculo de la vida parecía ahora más evidente que antes. Ahora estaba envalentonada por el hecho de que la declaración del Papa de crear una nueva Orden debía ser tomada en consideración.


Capítulo séptimo: una reunión en Roma

Calandra llegó a Roma en un día empujada por su objetivo y su santa misión. La asamblea había comenzado algunos días antes, pero un rumor circulaba por los vestíbulos entre diversas personas. Bertilde habría sido representada en esta reunión.

Causando un gran desorden Calandra se abrió paso en la sala donde la gente estaba reunida para el evento, abriendo las pesadas puertas dobles. Varios religiosos y sus compañeros se levantaron en silencio para ver cuál era la causa de todos los inconvenientes cuando reconocieron a la Apostol. Ella Levantó el paquete que Bertilde había guardado durante tantos años, lleno de cartas, fantasías y diarios con sus pensamientos y experiencias. Calandra Lo puso sobre la mesa causando un fuerte y ruidoso choque con los demás objetos provocado por su peso.


- ¡He aquí lo que vosotros verdaderamente buscáis! ¡Contemplad las escrituras de Bertilde, la verdadera fundadora de la Orden a la que vosotros estáis por creer! ¡Es conocido que su cuerpo reposa en la tierra donde el mismo día de su sepultura nació un rosal! ¡Ahora está con el Señor viendo como todos vosotros decidís el destino de su trabajo y su fe: No la desacreditéis, dijo Calandra.

Se dio la vuelta y se retiró de la sala, dejando la creación a personas más competentes que ella. Se reunió, como había prometido con la gente que había dejado y continuó su enseñanza cerca de ellos. Un día recibió una carta con las conclusiones de la reunión convocada por el Papa, Calandra sonrió y sonrió cada día hasta su muerte.


Epílogo

La Orden considera que estas escrituras reflejan la verdad y con buena intención los declara como documentos sagrados para ser respetados y considerados como la revelación durante su fundación. La Orden reconoce también que la guerrera Bertilde es el primer miembro verdadero, su matrona y caballero de la Orden, aunque jamás haya tenido tal título en vida. Sus enseñanzas, a través del recuerdo y los escritos, se conservan hasta nuestros días y se utilizan como guías originales para la vida de los miembros de la Orden.






Traducido por Caris Altarriba i Castán.
Revisado por Padre Prior Jesús Alfonso Froissart del Campo.
Segunda revisión por Casiopea Alonso Beltrán.



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