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[RP] Les chiens de la princesse

 
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Inyigo



Inscrit le: 31 Juil 2022
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MessagePosté le: Dim Juil 31, 2022 11:54 pm    Sujet du message: [RP] Les chiens de la princesse Répondre en citant

Villa Médici, Roma

Los pasos polvorientos de un par de botas desgastadas se detuvieron junto al caño de una fuente, aquel hombre desgreñado puso su cabeza debajo del chorro de agua dejando que sus cabellos y su cabeza entera se mojaran. Era agua fresca, agua romana que para él era como un bálsamo que le devolvía sus fuerzas. El hambre había pasado a ser una preocupación secundaria, porque el calor asfixiante de aquella ciudad gigantesca casi había acabado con todas sus fuerzas y con él mismo. Levantó su mirada al brillante cielo para respirar mientras cerraba sus ojos y escuchaba el canto de los pájaros. Ahora su destino parecía estar cerca y su hogar, o al menos lo que había sido, quedaba muy lejos y demasiado difuminado en sus recuerdos. ¿No habría sido todo aquel viaje en vano? Se lo había preguntado demasiadas veces durante el viaje desde el pequeño pueblo de Falces, en la baja Navarra. Cada vez que esos pensamientos lo atormentaban creía perder la fe en sí mismo, pero la rabia por la injusticia cometida le daban fuerzas para seguir adelante un día más. Su caballo había muerto de agotamiento al cruzar Provenza, y en esos momentos sólo sería una carcasa comida por las alimañas del bosque; lo sentía profundamente, porque había sido un animal noble a pesar de que era más una bestia de tiro que una verdadera montura. Después de eso el camino se había vuelto más lento, más agónico, más detestable. Día a día había visto cómo la ya exigua bolsa de dinero iba pesando cada vez menos: eso, por otra parte, se había convertido en un aliciente para apretar el paso. Iñigo había cumplido veinticinco años, demasiado viejo para aprender un oficio, demasiado joven para tener experiencia: su porvenir se había vuelto incierto y no deseaba acabar sus días pidiendo limosna en la puerta de una iglesia, viviendo a expensas de la caridad de los demás. Después de atravesar la ciudad de oeste a este, estaba maravillado por la grandiosidad de tal sitio, ni siquiera Pamplona podía compararse a la majestuosidad de los viejos y nuevos edificios. Se sorprendió de las monumentales ruinas y del grosor de los viejos muros ¿cómo habría sido aquella urbe en los tiempos antiguos? Se explicaba entonces con facilidad que la llamaran el centro del mundo, incluso ese apelativo podía hacerle poca justicia. El idioma había supuesto otro problema para él, al menos al comienzo, porque aunque conseguía entender la mayor parte de lo que aquellas gentes decían, había muchos detalles que no lograba comprender. Él sabía que su destino era la Villa Médici, y ni siquiera sabía qué era una Villa. Alguien le explicó que era como un palacio rodeado de grandes jardines en el exterior de la ciudad, pero que a donde iba se encontraba junto a las murallas. Recorrió grandes avenidas con altos cipreses y pinos a sus costados, también tortuosas y malolientes calles en las que más de una mujer le había invitado de forma sugerente a entrar por oscuras puertas. No estaba de ánimo para esas cosas, porque sus nervios estaban a flor de piel.

El ruido de la fuente era relajante: una boca de león de cuyas fauces salía el agua a borbotones. Se recostó contra la pared, apoyando la suela de la bota derecha sobre el zócalo de piedra mientras respiraba profundamente. La carreta de un pescadero pasó junto a él, y a su conductor preguntó por Villa Médici. el hombre, cuya cara estaba cuarteada y tiznada por el sol, sólo respondió levantando el brazo y señalando al final de la calle. ¿Podría ser aquel edificio de allí? Recogió su zurrón en el que llevaba sus escasas pertenencias y avanzó un centenar de pasos. Al doblar la esquina sintió el frescor y el olor de la hierba mojada, de la frescura de unos jardines, y al fondo, iluminado por el sol, un imponente palacio de piedra blanca que se alzaba sobre el muro. Iñigo siguió pegado a la pared refugiado en la sombra hasta llegar a un arco de entrada. La cancela estaba abierta, y no había nadie de guardia. ¿Qué debía hacer? No lo pensó dos veces. No había recorrido medio mundo para ahora quedarse a las puertas de su destino. Avanzó con el sigilo de un gato por la avenida de tierra que partía en dos los grandes jardines; se veía a sí mismo como un intruso en aquel lugar, pero era imprescindible, un riesgo que debía correr. Casi se detuvo al pisar un pavimento de teselas blancas y negras que formaban la imagen de un perro y unas letras que no supo leer. Si había algo propio de la gente rústica era aprender a desconfiar y sólo fiarse de sus instintos. Había algo que lo estaba poniendo en alerta. Llevó instintivamente la mano derecha al pomo de la daga que permanecía colgando de su cinturón, y sólo con sentir el frío acero entre sus dedos renovó su entusiasmo. Un paso, dos, tres, cuatro, su mirada iba de izquierda a derecha, y la fachada blanca del palacio parecía más cercana. Creyó ver la silueta de algunos hombres en la lejanía empujando un carretillo, probablemente fueran los jardineros. Cuando centró nuevamente su vista en el frente, varios pares de ojos lo observaban, con hostilidad y desconfianza. Sólo en lo que tardó en pestañear cuatro perros corrieron hacia él ladrando, con espuma saliendo de sus belfos y mostrando sus dientes amarillos y mortales. Su instinto hizo sacar la daga hacia la amenaza, pero ¿qué podía él hacer contra cuatro perros furiosos? Podría haber acabado con uno, puede que con dos, pero no con cuatro. Cuando era niño había visto a una jauría de lobos desgarrar a un hombre en dos como si fuera un pelele con una facilidad pasmosa. No había recorrido lo que le parecía medio mundo para ahora convertirse en el desayuno de esos bichos. Arrojó el zurrón contra el perro que estaba en cabeza, lo que hizo que el can frenase la carrera, pero los demás iban a por él. Entonces vio lo que podría salvarle, un olivo de ramas bajas pero sólidas. Corrió como nunca lo había hecho, más incluso que cuando cazaba liebres en el monte de Falces; cuando tenía la bota de su pie derecho ya encaramada al tronco, sintió que una fuerte mandíbula lo asía del otro pié. La caña de la bota resistía las dentelladas, pero la presión de los dientes contra el cuero asustaba a cualquiera. Se revolvió y dio un tajo al hocico del perro; fue sólo de refilón, lo justo para dibujar una línea de sangre sobre la piel oscura de aquella bestia, pero lo suficiente para que se fuera corriendo con el rabo entre las piernas. Unos breves instantes que en su cabeza fueron como un relámpago, para terminar de trepar a las ramas más altas del árbol, al fin y al cabo seguía siendo un jóven ágil e intrépido. Los perros ladraban y aullaban molestos por no poder alcanzar su presa, mientras Iñigo se mantenía firme agarrado a las ramas con la daga en ristre por si tuviera que volver a hacer uso de ella. No se detuvo a pensar si tenía el derecho de hacer daño a aquellos perros, o si debía, pero su vida valía mucho más que cualquiera de esas consideraciones. Y ahora ¿qué podía hacer?

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Ines..



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MessagePosté le: Ven Aoû 05, 2022 1:39 pm    Sujet du message: Répondre en citant

Las luces del día atravesaban la ventanas apenas cubiertas por cortinas de lujosas telas translúcidas. Los obreros continuaban con sus trabajos bajo la atenta supervisión de la rubia, quien no hacía mucho había llegado a Roma para pasar el mes y disfrutar de los placeres romanos, tanto como para poner en orden las cuestiones que atañían su nueva propiedad. Desde hacía mucho tiempo, le Cygne se alojaba en el Palazzo Aracoeli, en pleno centro de la urbe, bajo la hospitalidad del Cardenal Valyria; la primera vez que Inès llegó a la ciudad, jamás lo olvidaría, ella llegaba para visitar a su hermano Felipe, el más pequeño de los tres, quien estaba estudiando en la Universidad Pontificia, y un buen día, paseando por la ciudad, descubrieron dónde vivía el anciano purpúreo. La fastuosidad de su arquitectura, los patos y los cisnes por los cuales ella ganó el sobrenombre, y desde luego, las atenciones del Cardenal, por más que refunfuñase por hábito, fueron los más fuertes alicientes para que Inès se quedase a acompañar a Arnarion durante toda su soltería, y aún estando casada. Arnarion era como su abuelo; a Felipe y a ella, les cuidaba y les daba chucherías, les regañaba por las cosas más absurdas, se reunían para comer, y compartían aficiones que nadie habría sospechado. La importancia de conseguir construir una familia incluso con lejanos vínculos de sangre.
Todos estos pensamientos se agolparon en la mente de la Principessa, mientras su mirada turquesa perseguía las pinceladas de los hombres que plasmaban pequeños patos volando en el fresco del techo, un fresco que tenía por vocación representar la grandeza de la villa. Con suavidad, dejándose acariciar por las gasas de seda del vestido a la moda italiana que vestía, Inès caminaba a lo largo y ancho de la sala, jugando con un pequeño melocotón que hacía rodar entre sus manos; la Reina de Navarra mantenía su mente distraída de este modo, mientras una gata de la calle, recientemente acogida, se paseaba detrás de ella con un sensual movimiento de sus cuartos traseros y cola, ronroneando y acercándose a sus piernas. Inès sonrió, y justo en ese momento, unos ladridos llamaron su atención; poco a poco, sus pies se deslizaron hasta la ventana más cercana, y desde allí, mientras las cortinas eran mecidas por una suave brisca, observó a sus cuatro perros cercando a un desconocido que se apremiaba a ponerse a salvo en la copa de un olivo. Justo en el momento en el que Inès miró, fue testigo de cómo una dentellada alcanzaba el tobillo del pobre desgraciado que había entrado a pesar del cartel que advertía la presencia de los perros guardianes. Decidió intervenir entonces, así que Inès atravesó los salones y las habitaciones del palazzo hacia la entrada, y caminando con firmeza, atravesó los jardines, acercándose al olivo. Pegó un silbido que hubo de repetir dos veces, y los perros se fueron disipando detrás de ella, aunque no cejaban en su objetivo, que aún estaba visible. La gata se subió al borde de la fuente de Mercurio, para observar mejor la divertida escena entre desconocido, propietaria y animales; y la propia dama de alta cuna mordió el melocotón, cuyo zumo fue cayendo entre la comisura de sus labios. Poco después, vocalizó:

– Así que un desconocido entra en una propiedad privada y espera que lo reciban con gran pompa, daga en mano. –El tono irónico, que estrenaba al fin, le salió tan natural que parecía que había tomado práctica en aquella lid.– ¿Buscais a alguien? -Y señaló con la mirada su daga.

En ese momento, los mozos de la perrera vinieron a sostener a los canes; uno de ellos mencionó en voz alta y clara, y en italiano, que uno de ellos había sido herido en el hocico con un cuchillo. Inès asintió, y curiosa, esperó a que el joven respondiera, mientras dos guardias principescos se aproximaban también. Despreocupada, Inès volvió a morder el melocotón.
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– I'm sorry daddy, I've been a bad girl.
– For the last time, it's "Forgive me Father for I've sinned".
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