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[ESP]El Libro de las Virtudes - Parte principal
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Kalixtus
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MessagePosté le: Jeu Sep 14, 2023 4:14 am    Sujet du message: Répondre en citant

Citation:

    Capítulo XVI
    Su muerte y la ascensión al Paraíso


    ¡Fue un momento atroz! Cuando caí en la calle y los guardias me golpeaban con sandalias, estaba tan trastornado por lo que acababa de pasar ante mi mirada de niño que no noté la dureza de los adoquines y de las suelas. La confidencia de Christos tomaba ahora sentido y entendí finalmente la inmensidad de la historia de aquel hombre.

    Me eché a llorar y me fui a recorrer los caminos sin saber a dónde ir... Los curiosos me miraban extrañados, inspirados por la compasión algunos, divertidos otros. Cuando de repente, sentí la música de una corneta romana... instintivamente me guié por el ruido y mis pasos me llevaron a un gran lugar.

    La cohorte de legionarios permanecía armada rodeando a Christos con Ponce y el Sumo Sacerdote pagano a la cabeza montados a caballo. Todos subían en fila, lentamente, por la colina de los condenados... seguidos por una multitud cada vez más grande cuyo clamor llenaba los callejones y subía hasta el cielo.

    Nada podía detener a los guardias, ni los gritos de Natchiatchia ni los de los apóstoles...
    Con Christos, llevaban también otros dos condenados por especulación, que se llamaban Black y Decker. Aquellos acabarían descuartizados.

    La subida fue dolorosa, agotadora, sobre todo porque era un día caluroso y pesado. El sol iluminaba la naturaleza y la ciudad cubriéndo todo de un clima de malestar y tensión. Pero esto no impedía a la multitud subir y llorar la próxima muerte de aquel a quien empezaban a amar.

    Pedro Ponce y el Sumo Sacerdote pagano que no se cansaban, puesto que iban a caballo, llegaron rápidamente la cima de la colina. Viendo como se acumulaba la multitud decidieron que la pena por haber perturbado el orden de la ciudad y por haber predicado en contra de la creencia del sacerdote tendría que ser ejemplar.

    Christos fue azotado durante más de una hora por los guardias, pero nunca salió ningún grito de su boca. Aguantó los peores tormentos con un aire tranquilo y sereno.

    Entonces los verdugos insultaron a Dios y se burlaron de la Fe de Christos esperando desencadenar su cólera. Pero no respondió, a pesar de que lo rodearon con cuerdas estiradas por poleas, según los deseos del Sumo Sacerdote.

    Christos permanecía inmóvil ante la crueldad de los hombres. Pese a su sufrimiento y su dolor la fe en Dios era lo que lo sostenía. Su cara nunca había sido tan hermosa como en aquel momento. Su angustia había pasado y en su expresión sólo había un profundo amor y paz interior.

    Los romanos y paganos decidieron pasar a cosas más serias. Pidieron que tuviera lugar la crucifixión.

    Clavaron a Christos sobre una gran cruz de madera que, a continuación, levantaron sobre la colina. Y Christos se encontraba allí arriba, dominando al resto de humanos... Como un cordero se había sacrificado sobre el altar del orden establecido porque ponía en entredicho la sociedad de aquellos tiempos y sus falsos valores.

    Christos murió después de horas de agonía... agonía durante la cual rogaba al Altísimo y miraba a los hombres tumbados en el suelo. Fue durante la noche, mientras la brisa refrescaba y el cielo se oscurecía, que entregó su alma con un suspiro.

    Entonces un gran rayo cayó del cielo y atravesó las nubes sombrías y amenazantes y vimos resplandecer el cuerpo de Christos. Sin que desaparecieran aquellos destellos, en el cielo se reflejaban los relámpagos y, de repente, unos rayos tremendos estallaron en la tierra como para castigarla por haber perpetrado aquel crimen atroz... Como en un espantoso furor de violencia de los elementos una lluvia fortísima empezó a caer, expulsando a los romanos de la colina de los condenados y anegando el suelo, como para limpiarlo de la sangre de Christos. Aquella sangre, pronto fluyó por la tierra mezclada con la de los otros dos condenados, entre el sudor y sus lágrimas.

    Pero después de un momento, la naturaleza se calmó, la lluvia cesó, los relámpagos se detuvieron, los rugidos de los truenos callaron y las nubes desaparecieron sumidas en un rayo de luz, que hizo aumentar el brillo que inundaba ahora la colina.

    Entonces vimos aparecer entre los resplandores a una gran nube de ángeles celestiales. Todos descendían del cielo con gracia, volando sobre la colina. Tomaron el cuerpo del Mesías, guía y espejo de la divinidad, y lo elevaron a los cielos, llevándolo para que se uniera al trono de Dios.





    Traducido por Monseñor Eduardo d' Hókseme.
    Revisado por Casiopea.



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Kalixtus
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MessagePosté le: Ven Aoû 07, 2026 11:40 am    Sujet du message: Répondre en citant

Citation:

    Capítulo II
    La fuga a Chipre


    María estaba demasiado contenta de ser la madre de quien iba a convertirse en el Mesías como para guardar silencio. Un día, cuando iba a buscar agua a la fuente, se cruzó con una cortesana del rey de Judea llamada Elitobias.

    Elitobias, estudiosa de la Vía del Estado, a la que servía con gran celo, vivía en un lujo inmodesto, alimentándose de carne, pescado y leche. Acostumbraba a burlarse de la pobreza de María. Le decía: «Sirvo al mayor Rey de esta región, nuestro amado Mistral IV».

    Entonces María cometió un error. Incapaz de soportar por más tiempo los comentarios sarcásticos de Elitobias, le contestó: «En cuanto a mí, soy la madre del Mesías, Joshua, que llevará el mensaje de Aristóteles y destronará a todos vuestros innecesarios reyes y a vuestros innecesarios profetas. Mistral IV es un Rey temporal, pues mi hijo lo superará en carisma y su nombre permanecerá grabado en la memoria durante mucho más tiempo que el de vuestro Rey».

    Entonces Elitobias, que creía en los sueños y en las señales del destino, se perturbó. Regresó apresuradamente al palacio de Mistral IV para avisar a su Amo.

    Mistral IV era un hombre como el mármol, una estatua pulida por la pátina del tiempo. Era moreno, viudo, inconsolable en su tristeza y distante de todos. Como príncipe, había luchado contra los medos gracias a un astuto sistema de poleas y carros. Pero desde entonces su gloria había palidecido y se había convertido en un rey tranquilo y distante, que sumía a su pueblo en la miseria. Celoso de su poder, afirmaba gobernar a sus súbditos, pero en realidad dejaba que su intrigante esposa controlara el reino. Ya nunca abandonaba el lujo de su palacio, excepto para reprimir un complot o sofocar un levantamiento.

    Cuando hizo que Elitobias, por quien sentía una inclinación culpable, le contara lo que había oído, se sorprendió. Entonces le preguntó: «¿Quién es ese patán del campo que se llama Joshua y que salvará a su pueblo? ¿Dónde podría encontrarlo? ¿En qué mercado? ¿En qué restaurante?».

    Elitobias prosiguió con su delación, esperando así ganarse una recompensa de aquel Rey frío y atractivo.

    «Según me dijo María, Joshua es el Mesías, el guía, el espejo de la divinidad. Fue anunciado por Aristóteles y, según la profecía, traerá buenas palabras a todos los hombres y confirmará los preceptos aristotélicos. Su influencia será grande y tendrá muchos discípulos, que se reconocerán en él y en Aristóteles durante los milenios venideros. Podrás encontrarlo en Belén».

    Con estas palabras, Mistral sintió resurgir en él sus antiguas supersticiones, así como el recuerdo de la fe que una vez había conocido, pero que había reprimido y ahogado en su corazón. Temía perder su trono y se tomó muy en serio esta amenaza. Llamó a sus guardias y les dijo:

    «¡Guardias! Acaba de nacer un hombre que podría hablar en mi contra. Es necesario, a toda costa, impedir que este hombre hable. Está en Belén. ¡Encontradlo y asesinadlo! ¡Utilizad incluso mi sistema de poleas y carros si es necesario!».

    Entonces, la guardia del rey salió y se dirigió hacia Belén.

    Pero aquella noche, María tuvo otro sueño. Volvió a ver al jinete que había anunciado el nacimiento de Joshua. Reapareció ante María y le dijo: «¡Levántate! Toma a Joshua contigo y vete. Ve al norte, hacia la isla de Chipre, y permanece allí hasta que seas llamada a regresar, porque Mistral desea matar al niño».

    Entonces, los padres se levantaron, tomaron de su choza las hogazas de pan y las espigas que les quedaban y se pusieron en camino, rumbo al norte, pasando por Tarotshé. Abandonaron las fronteras del país y permanecieron en Chipre mientras duró la amenaza.

    Mistral IV, al enterarse por sus guardias de que los padres habían huido del país, se puso furioso y gritó: «¡Guardias! ¡Este José y esta María son unos agitadores! Me han desafiado y ahora son culpables de traición por rechazar mi edicto real. ¡Erradicadlos inmediatamente! En cuanto a este linaje de... de... hay que acabar con él. Id y encontrad a todos los niños menores de dos años y erradicadlos, ¡con la catapulta si es necesario!».

    Entonces, los famosos ejércitos de Mistral, aquellos que era capaz de reunir en apenas unas horas, se pusieron en marcha, peinando toda la campiña. Registraron cada mercado, cada restaurante, dejando mensajes en los que pedían a la población que entregara a las autoridades a todos los niños menores de dos años para censarlos, según decían.

    Y la gente corriente, inocentemente, llevaba a sus hijos o a sus nietos ante las autoridades sin darse cuenta del drama que se estaba desarrollando. Se derramaban lágrimas y se oían gritos de angustia, y se veía sangre, sudor y lágrimas. Aquellos guardias, espantosos, sucios y malintencionados, degollaban a aquellas jóvenes almas inocentes ante los ojos de sus propios padres.

    Y el sombrío rey, desde lo alto de su trono, contemplaba en silencio la masacre, frío y distante. Después de esta crisis, el rey cayó en un silencio letárgico, hasta el punto de que, en los años posteriores, olvidó alimentarse y perdió sus fuerzas. Se debilitó, luego se volvió esquelético y finalmente murió.

    En Chipre, los padres de Joshua se enteraron de la muerte de Mistral y pensaron que la vida del niño ya no corría peligro. Entonces, José y María decidieron regresar a Judea; sin embargo, optaron por no llamar a su hijo Joshua, sino Christos, para no llamar la atención sobre él. Tomaron de su choza las hogazas de pan y las espigas que les quedaban y se pusieron en camino hacia el sur, pasando por Tarotshé. Finalmente llegaron a una ciudad llamada Nazaret, cumpliendo una vez más la profecía de Aristóteles.

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